El lunes Jesús visitó el templo y vio algo que lo hizo enojar. En Juan capítulo 2, versículos del 14 al 17 dicen:
Y en el templo halló a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, e instalados en sus mesas a los que cambiaban dinero. Entonces, haciendo un látigo de cuerdas, echó a todos del templo, juntamente con sus ovejas y sus bueyes; regó por el suelo las monedas de los que cambiaban dinero y derribó sus mesas. A los que vendían las palomas les dijo: “¡Saquen esto de aquí! ¿Cómo se atreven a convertir la casa de mi Padre en un mercado?” Sus discípulos se acordaron de que está escrito: «El celo por tu casa me consumirá».
¿Puedes imaginarte la escena? En la Corte de los Gentiles habían mesas de dinero para cambiar el tipo de moneda extranjera a moneda del Templo, y así las personas pudieran pagar los impuestos del Templo. El dinero tenía que ser kosher, tenía que estar limpio, y en ese lugar lo hacían cobrando una cuota.
También, en ese lugar, habían animales a la venta para los diferentes tipos de sacrificios. Durante este tiempo, las personas traían a su cordero para presentarlo al Sacerdote el viernes, y asegurarse de que el cordero fuera un sacrificio aceptable. Las personas traían al mejor de los mejores de los corderos para sacrificarlo por sus pecados.
La Biblia dice que sin derramamiento de sangre no hay perdón de pecados. Alguien tiene que morir por el pecado. En ese tiempo, un cordero tenía que morir por los pecados de las personas, pero Jesús estaba por cambiar todo eso.
Jesús es el máximo Cordero de Dios, y su derramamiento de sangre en la cruz cubriría todos nuestros pecados.
Entonces, lo que sucedía era que una persona traía su cordero para que el Sacerdote lo inspeccionara y viera si era digno de ser sacrificado. Pero los Sacerdotes eran tan codiciosos y malvados que pocas veces dejaban que el cordero pasara la inspección. Entonces, lo que hacían, era obligar a las personas a comprar un cordero del rebaño del templo a un precio exorbitante.
Se estima que los Sacerdotes ganaban alrededor de 5 millones de dólares al año sólo con la venta de los animales en el templo, y cuando Jesús vio lo que estaban haciendo, se enojó tanto que decidió que era tiempo de limpiar la casa. Mira lo que hizo:
Jesús se sentó he hizo un látigo. Luego se paró y usó el látigo para sacar a las ovejas y a los rebaños. Hay que hacer notar que Él no atacó a los que cambiaban las monedas. Fue hacia donde estaban ellos y tiró las mesas, y los que cambiaban las monedas corrieron a recoger el dinero que calló por las escaleras. Entonces Jesús les dijo a los que vendían las palomas: “Saquen esto de aquí. Mi casa será casa de oración; pero ustedes la han convertido en cueva de ladrones.”
Aún enojado, estaba en completo control. Nadie se le opuso, todos huyeron de Él.
Este evento fue deliberado. Jesús sabía que si la casa de Dios se salía del rumbo, si la misión de la iglesia se perdía, y si las iglesias se volvían políticas y comerciales, el mensaje más importante en el mundo se vería afectado u olvidado para siempre. Así que Jesús hizo un látigo e hizo saber su posición: No vengan a la casa de Dios de forma casual, porque este es el lugar donde el cielo y la tierra se juntan.
Nunca dejes que tu alabanza a Dios se convierta en algo que sólo hagas en automático.
Alabanza sin el corazón no es alabanza.
Cuando vengas a la casa de Dios, ven a darle tu mejor. Da tu mejor canto, tu mejor ofrenda, tu mejor atención y tu mejor corazón receptivo.
Oremos: “Dios, perdónanos cuando sólo actuamos en automático y no te damos lo mejor. Ayúdanos a tomar siempre nuestra relación contigo de forma seria. Tú mereces nuestro mejor porque Tú nos diste tu mejor. Amen.”
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