La popularidad de Jesús está por las nubes, porque acaba de traer de la muerte a su amigo Lázaro, después de haber estado en la tumba por cuatro días. La noticia de lo que sucedió se esparce como pólvora. Jesús sabe que debe ir a Jerusalén. En Lucas capítulo 19 dice que Jesús “…mandó a dos de sus discípulos a que le trajeran un burro.” Jesús usaría ese burro para llegar a Jerusalén.
Pero había una buena razón para que Él hiciera eso. Como 500 años antes de ese día, hubo un profeta llamado Zacarías que predijo que el Mesías un día llegaría a Jerusalén en un burro. La Biblia dice:
“¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de alegría, hija de Jerusalén! Mira, tu rey viene hacia ti, justo, Salvador y humilde. Viene montado en un asno, en un pollino, cría de asna.”
Cuando Jesús llegó a Jerusalén montado en un burro, estaba proclamando que Él en verdad era el Mesías… pero no era el tipo de Mesías que ellos esperaban.
Jesús va a Jerusalén a celebrar la Pascua. La Pascua era algo muy importante para los judíos. En el libro de Éxodo del Antiguo Testamento dice que los hijos de Israel fueron esclavos de los egipcios. Dios les mandó una plaga a los egipcios porque su faraón se negaba a liberar a los hijos de Israel. La última plaga que Dios mandó fue el ángel de la muerte. Cada primogénito iba a morir esa noche, pero Dios hizo una disposición para los hijos de Israel. Ellos tenían que sacrificar un cordero y con la sangre marcar el marco de las puerta de su casa. Cuando el ángel de la muerte llegara, pasaría de largo por las casas marcadas con la sangre. La sangre del cordero protegería de la muerta a las personas que estuvieran dentro.
Al domingo en que Jesús llega a Jerusalén se le conoce como Día de Selección del Cordero. La gente seleccionaba un cordero para sacrificarlo por los pecados de toda su familia. Después, esa misma semana, sacrificaban al cordero y los pecados de las personas eran perdonados.
Recuerda, cuando Jesús comenzó su ministerio público, Juan el Bautista lo vio venir y dijo: “¡Miren al cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!”
Juan estaba proclamando que la misión de Jesús era morir en nuestro lugar, y pagar el precio de la deuda de nuestros pecados a Dios. Fue durante el Día de Selección del Cordero que Jesús llegó a Jerusalén porque Él es el cordero que Dios seleccionó para ser sacrificado por nuestros pecados.
Ahora, cuando la gente pensaba en la Pascua, pensaban en el día en que Dios había derrotado a los opresores, los egipcios, y anhelaban el día en que Dios lo hiciera de nuevo. Esa semana era perfecta para que un Mesías viniera y comenzara una revolución. Durante la Pascua, los romanos colocaban seguridad extra para que nada se saliera de control.
Imagina la escena: las calles están llenas de gente, súbitamente las personas comienzan hacerse a un lado… y ahí está Jesús montado en un burro. Todos conocen la profecía. La multitud, y el gobierno romano, saben lo que este momento significa. La tensión es inmensa. De repente, las personas comienzan a gritar y a celebrar. Toman ramas de palmas y dicen: “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!”
Un motín está por estallar. Por eso los fariseos gritaron:
“¡Maestro, reprende a tus discípulos!” Pero Él respondió: “Les aseguro que, si ellos se callan, gritarán las piedras.”
Las personas que celebraban no entendían lo que sucedía. Ellos querían a un león de guerra, pero Jesús era el Cordero de Dios que vino a morir por nuestros pecados.
Mira lo que Jesús hizo enseguida. La gente está celebrando su llegada, todo lo que Él tiene que hacer es bajarse del burro y dar un discurso para que la revolución comience. Pero Jesús no da un discurso porque no vino a establecer un reino terrenal, Él vino a establecer un reino celestial que nunca terminará.
Jesús no era el Mesías que la gente esperaba. No comenzó ninguna revolución ese día. En lugar de eso, se fue del lugar. Él no vino a derrotar a los romanos; no, Él vino a derrotar al pecado y a la tumba. Él no era el Mesías que la gente esperaba, pero Jesús sí era y es el Mesías que necesitaban… que todos necesitamos. Oremos.
“Gracias, Señor, por venir como el Cordero de Dios para realizar el máximo sacrificio por nuestros pecados y rebelión contra ti. Gracias por ver en nosotros algo digno por lo cual morir. En el nombre de Jesús, amén.”
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